Text Practice Mode
Texto para practicar mecanografía
created Mar 17th, 20:06 by Eduardo Villalobos
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El sol brillaba intensamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonalidades anaranjadas y doradas. Las olas del mar chocaban contra la costa con un ritmo constante, como un latido que marcaba el compás del universo. En la orilla, un niño jugaba con la arena, construyendo castillos que el viento y la marea pronto reclamarían como suyos. A lo lejos, un barco de vela se deslizaba suavemente sobre el agua, impulsado por una brisa favorable. Los gaviotas planeaban en círculos, emitiendo sus característicos graznidos, mientras buscaban algún pez desprevenido para convertirlo en su cena.
En un pueblo cercano, la vida transcurría a su propio ritmo. Las calles empedradas resonaban con el sonido de los pasos de los transeúntes, y el aroma del pan recién horneado se filtraba desde las panaderías. Los niños corrían por la plaza, persiguiendo a las palomas que, con un aleteo apresurado, escapaban de su juego. En una esquina, un músico callejero tocaba su guitarra con destreza, arrancando notas que se deslizaban por el aire como hilos invisibles de emoción.
En una casa de fachada blanca y tejas rojas, una anciana regaba sus plantas con esmero. Su jardín estaba lleno de colores vibrantes: rosas rojas, lirios amarillos y geranios rosados, todos bailando al compás del viento matutino. Con una sonrisa apacible, la mujer observaba el ir y venir de la gente, recordando los días de su juventud, cuando corría por esas mismas calles con la misma energía que ahora tenían los niños.
En la montaña, el viento soplaba con fuerza entre los árboles, haciendo que las hojas susurraran historias antiguas. Un sendero serpenteaba entre la vegetación, conduciendo a un mirador desde el cual se podía contemplar todo el valle. Allí, un excursionista se detenía a recuperar el aliento, maravillado por la inmensidad del paisaje. Los colores verdes de los bosques contrastaban con el azul profundo del cielo, y el río que serpenteaba por el valle reflejaba la luz del sol como si fuera un espejo de plata.
Mientras tanto, en una gran ciudad, la rutina diaria se desplegaba en su habitual ajetreo. Los automóviles se desplazaban por las avenidas con prisa, los semáforos parpadeaban en su ciclo interminable de rojo, amarillo y verde. Los peatones caminaban con rapidez, cada uno sumido en sus propios pensamientos, mientras los vendedores ambulantes ofrecían sus productos con entusiasmo. El aroma del café flotaba en el aire, atrayendo a aquellos que necesitaban un respiro en su jornada.
En un pequeño apartamento, un escritor luchaba con su bloqueo creativo. Sus dedos tamborileaban sobre el teclado, buscando las palabras que parecían escaparse de su mente. Miró por la ventana, donde la lluvia comenzaba a caer, creando patrones en el cristal. Inspirado por la escena, comenzó a escribir sobre un día lluvioso en una ciudad bulliciosa, dejando que su imaginación lo guiara a través de las calles mojadas y los paraguas de colores que salpicaban la acera.
Más allá, en un bosque frondoso, un grupo de amigos acampaba alrededor de una fogata. Las llamas danzaban, proyectando sombras sobre los troncos de los árboles. Compartían historias de miedo y risas, disfrutando del calor del fuego y la compañía mutua. El crujido de las ramas bajo el peso de algún animal nocturno los hizo callar por un momento, escuchando con atención los sonidos del bosque. Luego, alguien reanudó la conversación con una broma, y la risa volvió a llenar el aire nocturno.
En un hospital, un médico recorría los pasillos con paso firme. Su bata blanca ondeaba con cada movimiento, y su rostro reflejaba concentración y determinación. Entró en una habitación donde un paciente esperaba noticias. Con voz tranquila y serena, le explicó el diagnóstico y las opciones de tratamiento. La esperanza brilló en los ojos del enfermo, y el médico sintió una renovada motivación para seguir dedicando su vida a la medicina.
En una biblioteca silenciosa, una estudiante pasaba las páginas de un libro con atención. Estaba absorta en las palabras impresas, sumergida en un mundo de conocimiento y descubrimientos. A su alrededor, otros lectores hacían lo mismo, cada uno atrapado en su propio universo de letras y pensamiento. La tranquilidad del lugar era solo interrumpida por el suave sonido de las hojas pasando y el ocasional carraspeo de algún lector distraído.
En una estación de tren, los viajeros esperaban su transporte, algunos con maletas en mano y otros simplemente mirando el reloj. Un silbato anunció la llegada de un tren, y la multitud se puso en movimiento. Cada persona tenía un destino, una historia que contar, un motivo para viajar. Algunos se despedían con abrazos, otros saludaban con entusiasmo a quienes los esperaban en el andén. El tren partió, llevándose consigo sueños, esperanzas y anhelos de aquellos que viajaban en su interior.
Así, en distintos rincones del mundo, la vida continuaba su curso. Cada persona, cada historia, cada instante formaba parte de un inmenso tapiz tejido con hilos de momentos fugaces y memorias imborrables. Y mientras el tiempo avanzaba, cada uno de esos pequeños fragmentos seguía dando forma al gran relato de la humanidad.
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El sol brillaba intensamente sobre el horizonte, tiñendo el cielo de tonalidades anaranjadas y doradas. Las olas del mar chocaban contra la costa con un ritmo constante, como un latido que marcaba el compás del universo. En la orilla, un niño jugaba con la arena, construyendo castillos que el viento y la marea pronto reclamarían como suyos. A lo lejos, un barco de vela se deslizaba suavemente sobre el agua, impulsado por una brisa favorable. Los gaviotas planeaban en círculos, emitiendo sus característicos graznidos, mientras buscaban algún pez desprevenido para convertirlo en su cena.
En un pueblo cercano, la vida transcurría a su propio ritmo. Las calles empedradas resonaban con el sonido de los pasos de los transeúntes, y el aroma del pan recién horneado se filtraba desde las panaderías. Los niños corrían por la plaza, persiguiendo a las palomas que, con un aleteo apresurado, escapaban de su juego. En una esquina, un músico callejero tocaba su guitarra con destreza, arrancando notas que se deslizaban por el aire como hilos invisibles de emoción.
En una casa de fachada blanca y tejas rojas, una anciana regaba sus plantas con esmero. Su jardín estaba lleno de colores vibrantes: rosas rojas, lirios amarillos y geranios rosados, todos bailando al compás del viento matutino. Con una sonrisa apacible, la mujer observaba el ir y venir de la gente, recordando los días de su juventud, cuando corría por esas mismas calles con la misma energía que ahora tenían los niños.
En la montaña, el viento soplaba con fuerza entre los árboles, haciendo que las hojas susurraran historias antiguas. Un sendero serpenteaba entre la vegetación, conduciendo a un mirador desde el cual se podía contemplar todo el valle. Allí, un excursionista se detenía a recuperar el aliento, maravillado por la inmensidad del paisaje. Los colores verdes de los bosques contrastaban con el azul profundo del cielo, y el río que serpenteaba por el valle reflejaba la luz del sol como si fuera un espejo de plata.
Mientras tanto, en una gran ciudad, la rutina diaria se desplegaba en su habitual ajetreo. Los automóviles se desplazaban por las avenidas con prisa, los semáforos parpadeaban en su ciclo interminable de rojo, amarillo y verde. Los peatones caminaban con rapidez, cada uno sumido en sus propios pensamientos, mientras los vendedores ambulantes ofrecían sus productos con entusiasmo. El aroma del café flotaba en el aire, atrayendo a aquellos que necesitaban un respiro en su jornada.
En un pequeño apartamento, un escritor luchaba con su bloqueo creativo. Sus dedos tamborileaban sobre el teclado, buscando las palabras que parecían escaparse de su mente. Miró por la ventana, donde la lluvia comenzaba a caer, creando patrones en el cristal. Inspirado por la escena, comenzó a escribir sobre un día lluvioso en una ciudad bulliciosa, dejando que su imaginación lo guiara a través de las calles mojadas y los paraguas de colores que salpicaban la acera.
Más allá, en un bosque frondoso, un grupo de amigos acampaba alrededor de una fogata. Las llamas danzaban, proyectando sombras sobre los troncos de los árboles. Compartían historias de miedo y risas, disfrutando del calor del fuego y la compañía mutua. El crujido de las ramas bajo el peso de algún animal nocturno los hizo callar por un momento, escuchando con atención los sonidos del bosque. Luego, alguien reanudó la conversación con una broma, y la risa volvió a llenar el aire nocturno.
En un hospital, un médico recorría los pasillos con paso firme. Su bata blanca ondeaba con cada movimiento, y su rostro reflejaba concentración y determinación. Entró en una habitación donde un paciente esperaba noticias. Con voz tranquila y serena, le explicó el diagnóstico y las opciones de tratamiento. La esperanza brilló en los ojos del enfermo, y el médico sintió una renovada motivación para seguir dedicando su vida a la medicina.
En una biblioteca silenciosa, una estudiante pasaba las páginas de un libro con atención. Estaba absorta en las palabras impresas, sumergida en un mundo de conocimiento y descubrimientos. A su alrededor, otros lectores hacían lo mismo, cada uno atrapado en su propio universo de letras y pensamiento. La tranquilidad del lugar era solo interrumpida por el suave sonido de las hojas pasando y el ocasional carraspeo de algún lector distraído.
En una estación de tren, los viajeros esperaban su transporte, algunos con maletas en mano y otros simplemente mirando el reloj. Un silbato anunció la llegada de un tren, y la multitud se puso en movimiento. Cada persona tenía un destino, una historia que contar, un motivo para viajar. Algunos se despedían con abrazos, otros saludaban con entusiasmo a quienes los esperaban en el andén. El tren partió, llevándose consigo sueños, esperanzas y anhelos de aquellos que viajaban en su interior.
Así, en distintos rincones del mundo, la vida continuaba su curso. Cada persona, cada historia, cada instante formaba parte de un inmenso tapiz tejido con hilos de momentos fugaces y memorias imborrables. Y mientras el tiempo avanzaba, cada uno de esos pequeños fragmentos seguía dando forma al gran relato de la humanidad.
