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marcel proust con chat gpt

created Mar 16th, 22:15 by slai trek


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Desde aquella noche en que los últimos rayos de la lámpara proyectaron sombras que se arrastraban con una vida ajena a la mía sobre el tapiz de mi alcoba, comprendí que el tiempo, ese dulce velo que la memoria hilvana para envolver el dolor de las horas idas, no era sino un pliegue que ocultaba horrores más antiguos que la historia misma. Fue en esa penumbra, mientras los ecos de la lluvia golpeaban la ventana con insistencia mórbida, que descubrí la presencia de algo que había aguardado, latente, en la textura misma del mundo.
 
Había regresado a la casa de mi infancia, una morada de techos altos y maderas perfumadas por los años, con la intención de entregarme a las añoranzas que la memoria confunde con placeres. Caminé por sus pasillos con la inquietud de quien reconoce los contornos de un sueño y, sin embargo, advierte en él una discordancia, una nota fuera de tono que hace dudar de la naturaleza misma del recuerdo.
 
Fue en el desván, en ese santuario de objetos olvidados que el tiempo se complace en devorar sin prisa, donde hallé la carta. Su caligrafía, temblorosa y ajada por la humedad, hablaba de una abuela que yo no recordaba, de una historia jamás relatada en las sobremesas familiares. Se refería a noches de insomnio y al murmullo que ascendía del suelo cuando el reloj daba las tres. Y lo peor: hablaba de mí, de mi llegada, de mi nombre, mucho antes de que yo naciera.
 
Un estremecimiento recorrió mi espina al leer que aquella abuela, condenada por sus propios sentidos a un mundo de visiones intolerables, aseguraba haberme visto en sus pesadillas antes de que el destino me trajera al mundo de los vivos. Pero lo que más perturbaba era la advertencia final: «Cuando sientas que la casa te observa, huye. Pues no es la casa, sino aquello que la habita».
 
La sensación de opresión que había sentido desde mi llegada se hizo insoportable. La madera crujía a mi alrededor con la cadencia de una respiración profunda. Bajé las escaleras con la urgencia de quien despierta de un sueño demasiado vívido, pero al llegar al pie de la escalera, el mundo pareció trastabillar.
 
Los pasillos eran más largos de lo que recordaba, los ángulos de las puertas no eran correctos, y lo peor: el reloj de péndulo, el mismo que había marcado la hora en que mi madre cerró por última vez aquella casa, oscilaba al revés. Mi sombra, proyectada por la lámpara agonizante, se alargaba contra las paredes con movimientos que no eran míos.
 
El aire se hizo espeso, saturado por un aroma que no podía identificar, algo parecido al polvo de los sarcófagos olvidados y la humedad de la noche perpetua. Y entonces lo comprendí. La casa no recordaba. La casa esperaba.
 
El sonido de un paso en la habitación contigua paralizó mi pensamiento. Era un eco deformado de mi propio andar, pero con un leve retardo, como si algo invisible estuviera imitando mi recorrido con un tiempo dilatado por la perversidad. Me volví, sin aliento, y vi, reflejado en la penumbra de un espejo cubierto de polvo, un rostro idéntico al mío, pero más viejo, más gastado, más hambriento.
 
Y sonreía.

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